| Las historias
nacionales y el desarrollo de una identidad europea |
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di Mariano Esteban de Vega (Un. Salamanca)
A comienzos del año 2003, una encuesta
llevada cabo por el Instituto CSA, a impulso de la Fundaciones Jean
Jaurès y Friedrich-Ebert-Stifgtung, y con la colaboración
de la cadena de televisión franco-alemana ARTE y los periódicos
“Le Monde”, “El País”, “La
Stampa” y “Frankfurter Rundschau”, interrogó
a los habitantes de los seis países europeos más poblados
(Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, España y
Polonia) en torno al lugar de los “Grandes Hombres”
europeos en las memorias y las sensibilidades colectivas de cada
uno de esos países. Los resultados de esa encuesta fueron
objeto de análisis en un Coloquio organizado por la Asociación
Europartenaires, en marzo de 2003, en la UNESCO. El análisis
de las contribuciones presentadas a ese Coloquio, editadas recientemente
por Jean-Nöel Jeanneney y Philippe Joutard en la obra colectiva
Du bon usage des grands hommes en Europe (Paris, Perrin,
2003), constituyen una buena ocasión para reflexionar sobre
la posible existencia de un Panteón europeo de Hombres Ilustres
en curso de formación, y, más en general, sobre los
efectos que en la identidad europea han desempeñado las diferentes
trayectorias históricas y procesos de nacionalización
experimentados por cada país.
A juzgar tanto por el escaso grado de participación
en la encuesta, como por el alto porcentaje de identificación
de los entrevistados con hombres ilustres de su propia nacionalidad,
la identidad europea aparece todavía como un fenómeno
incierto y débil, que no ha encontrado aún un verdadero
sistema de referencias históricas que le permita afirmarse
entre todas las categorías de la población. El Estado
nacional, aunque sea reciente en una perspectiva de larga duración,
aunque se haya debilitado por la aceleración de la mundialización,
sigue siendo el lugar privilegiado en el que los individuos instalan
la representación que se hacen de sí mismos. Cada
país tiene sus Grandes-Hombres propios, sus conmemoraciones
específicas, sus acontecimientos y lugares de memoria. Es,
pues, la Europa de las naciones la que predomina en la conciencia
colectiva de los pueblos que la componen.
No obstante, de la encuesta se desprende también
la existencia de algunos núcleos duros de una memoria histórica
común de alcance europeo. Los “grandes hombres”
y las referencias históricas que reciben una adhesión
más transnacional son, por una parte, personajes del Renacimiento
(Leonardo, Colón o Lutero, tres hombres casi de la misma
generación, cada uno a su manera descubridor y portador de
una nueva visión del mundo, artística, religiosa,
geográfica), lo que define a Europa como un gran ámbito
de creación cultural; un personaje como Napoleón Bonaparte,
de quien parece haberse difuminado en la memoria colectiva su condición
de conquistador, y reforzado su imagen de modernizador de Europa,
portador de ideas revolucionarias; un personaje como Marie Curie,
que reúne a su condición de científica la de
mujer, recibiendo un voto muy mayoritariamente femenino; y finalmente,
los grandes líderes europeos de la época de la victoria
sobre el nazismo en la segunda guerra mundial (en especial Churchill
y De Gaulle), época nítidamente contemplada como fundadora
de la actual Europa, matriz de nuestro mundo y de la propia Unión
Europea
En España las generaciones que han accedido
a la vida pública en los últimos cincuenta años
han mostrado una muy extensa adhesión a la idea de Europa.
Durante la Transición desde la dictadura franquista al actual
sistema democrático, el “europeísmo”,
el deseo de integración en Europa no sólo económica,
sino también cultural y política, constituyó
un objetivo prácticamente unánime de la sociedad española.
Todavía hoy -según testimonia periódicamente
el Eurobarómetro- España es uno de los países
de la Comunidad Europea más satisfechos de su pertenencia
a la misma, y también de los que en mayor grado apoyan una
política exterior y de seguridad común. No está
claro, sin embargo, si ese “europeísmo” español
presenta unos perfiles difusos, explicables únicamente por
las propias necesidades internas de desarrollo económico
y cohesión política, o si está asentado también
en un patrimonio memorial común, en una cierta convergencia
simbólica con los restantes países europeos.
Pues bien, la primera conclusión que se
desprende de la encuesta es la existencia de grandes áreas
de coincidencia en las respuestas de los españoles y de los
miembros de otros países europeos. El grado de interés
de la sociedad española ante esta iniciativa se sitúa
en la media de los seis países considerados, incluso levemente
por encima de ella. Los comportamientos sociales son también
muy parecidos: la mayor implicación de los hombres que de
las mujeres, de las clases acomodadas e instruidas que de las populares,
de ateos y no practicantes que de católicos, de las grandes
ciudades que de las zonas rurales… Al igual que en otros países,
los españoles eligen como “grandes hombres europeos”,
a compatriotas suyos (en el caso español, a Picasso y a Cervantes).
Y finalmente, los españoles también apuntan hacia
el Renacimiento, y por tanto a una Europa secularizada y portadora
de una visión del mundo renovada, cuando muestran su preferencia
por personajes históricos, aparte de por Cervantes y Carlos
V, como Leonardo da Vinci, Colón e incluso, sorprendentemente,
por Lutero.
Las convergencias conviven, sin embargo, con algunas
divergencias, que pueden ser atribuidas a dos factores diferentes.
En primer lugar, al papel relativamente marginal que España
y su cultura han venido desempeñando en el conjunto europeo
desde el final de la hegemonía política española
en el siglo XVII: ello puede explicar que el primero de los hombres
ilustres para los españoles, Miguel de Cervantes, sea el
menos votado de la lista ofrecida en la encuesta para el conjunto
de los seis países. Por otra parte, el aislamiento internacional
español durante buena parte del siglo XX, su no participación
en la II Guerra Mundial, su ausencia de las primeras etapas de integración
europea y el carácter tardío -a partir de 1986- de
su incorporación a las mismas tienen también su reflejo
en los resultados de la encuesta. Por una parte, en España
las diferencias de implicación desde el punto de vista generacional
son muy superiores a lo que sucede en otros países, y el
“europeísmo” se revela mucho más estrechamente
asociado a los jóvenes. Por otro lado, en la idea de Europa
que expresan los españoles no ocupan un papel fundamental,
a diferencia de lo que sucede en los otros países, los grandes
líderes europeos de la II Guerra Mundial y la inmediata posguerra
-Churchill, De Gaulle, Adenauer- y en su panteón de europeos
modernos más ilustres sitúan a hombres de la cultura
o de la ciencia (Picasso, Curie, Chaplin) o a personajes históricos
más lejanos en el tiempo (Napoleón, la Reina Victoria).
Las restantes singularidades de la respuesta
española a la encuesta están relacionadas con la escasa,
en términos relativos, cohesión nacional española.
El fenómeno puede detectarse en la encuesta en dos aspectos.
El primero es el fuerte grado de dispersión de las respuestas,
de manera que incluso los personajes más votados obtienen
resultados, comparativamente, más pobres que en los demás
países. Pero sobre todo España se singulariza en los
resultados de esta encuesta por las diferencias regionales muy acusadas.
Los contrastes en el grado de implicación de las distintas
regiones resultan muy evidentes, y el apoyo que reciben los “grandes
hombres” es también muy distinto desde el punto de
vista regional: Cervantes sólo se impone en el Centro, el
Sur y el Este de España, mientras que el Noreste prefiere
a Leonardo, a Shakespeare y a Colón, el Noroeste a Colón
y el Norte a Leonardo. Estos contrastes en la consideración
colectiva de los “grandes hombres” resultan así,
muy probablemente, la expresión de una realidad nacional
española cuya pluralidad se manifiesta cada vez con mayor
evidencia.
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