Ritos de
la memoria y fiestas nacionales:
España del franquismo a la democracia
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di Francisco Sevillano Calero (Un. Alicante)
Los mitos, los símbolos y los ritos arraigan
al individuo en su comunidad, también en las sociedades modernas,
como ocurre cuando se es partícipe de una «religión
civil»; profesión de fe puramente civil que es expresada
a través de un conjunto de creencias, símbolos y rituales,
que construye y reafirma una identidad social. En relación
con la instauración de una «religión civil»,
la transición democrática en España a partir
de finales de 1975 supuso el fin de la «cultura de la Victoria»,
que había legitimado la dictadura franquista desde sus orígenes.
Como trama de significación, la «cultura
de la Victoria» fue formándose durante la guerra civil
en la «España nacional» a través de estereotipos,
de imágenes sociales preestablecidas. Unos estereotipos figurados
a partir de la distinción entre amigo y enemigo, que dotó
de sentido político a los motivos y las acciones colectivas
con el estallido de la guerra de España a partir del 18 de
julio de 1936. A modo de sistema de símbolos, es decir, de
mitologema como conjunto de representaciones, estos estereotipos
fueron fuente de significaciones sociales, que construyeron un sentido
de identidad nacional en contraposición con la imagen de
la «anti-España». La guerra civil fue imaginada
como el centro de la lucha universal contra la «revolución»,
defendiéndose los valores, las creencias y los mitos que
se apreciaban como esenciales de la patria y la raza.
En esa lucha, la autoridad de la «España
nacional» se fundamentó en la superposición
de dos tipos de legitimidad: por una parte, la legalidad del «nuevo
Estado», que resultó del derecho a la rebeldía
de la doctrina cristiana, y que la guerra civil transformó
en «Cruzada»; por otra, la legitimidad carismática
mediante la exaltación de las cualidades extraordinarias
de los héroes y mártires de la «Cruzada española»,
como ocurrió con el «culto de la muerte». Ambos
tipos de legitimidad fueron ritualizados a través del calendario
de fiestas que se estableció en el transcurso de la guerra
como sucesión de actos para suscitar, mantener o rehacer
ciertas situaciones mentales colectivas. La «cultura de la
Victoria» tuvo así su origen en el acontecimiento mismo
de la guerra y no en un tipo específico de legitimidad. Si
mediante los ritos religiosos se dramatizó la legitimación
por la Iglesia católica del orden político de la «España
nacional», lo que produjo una «politización de
lo sagrado», la legitimación del «nuevo Estado»
se produjo asimismo a través de la utilización de
conceptos teológicos secularizados, como ocurrió con
la doctrina del «caudillaje»; una moderna teología
política que permitió entender también el «estilo»
falangista como «modo de vivir» y que sirvió
para exaltar puntualmente una «estética de las muchedumbres»,
como se ritualizó en las conmemoraciones del «Año
de la Victoria» en 1939.
De este modo, la cultura de la violencia alcanzó
su última consecuencia en la guerra civil; pero la violencia
continuó siendo una forma de identificación e integración
de los vencedores, que se reprodujo mediante una estética
y unos rituales a lo largo de la dictadura hasta la muerte del general
Franco en Madrid el 20 de noviembre de 1975. El proceso de transición
a la democracia en España puso fin a esta «cultura
de la Victoria». Desde la década de 1960, la particular
asunción de valores disconformes con el régimen franquista
por determinados sectores de la sociedad coincidió con la
generalización de una «cultura de la increencia»,
de modo que la secularización sumió a la Iglesia católica
en una crisis como «cemento conglutinante» del orden
social. La reducción de la presencia pública de la
religión tradicional y la pluralidad de identidades colectivas
hicieron necesario aglutinar simbólicamente la sociedad mediante
la instauración de una «religión civil»
en el espacio público con el fin de ampliar el consenso durante
la transición democrática en España.
Ello supuso la remodelación de la cultura
nacional, sobre todo en relación con la presencia pública
del recuerdo de la guerra civil, como sucedió con el establecimiento
de un calendario de fiestas. En primer lugar, dejaron de celebrarse
oficialmente, en 1977 y al año siguiente, las principales
conmemoraciones de exaltación de la victoria nacional en
la guerra: el 1 de abril, «Día de la Victoria»,
y el 18 de julio, «Fiesta de Exaltación del Trabajo»,
que se convirtieron en fechas «in-felices». El segundo
rasgo de la religión civil en España es que no se
ha rendido culto tanto a ciertos valores cívicos como al
mito identitario, a la nación española como uno de
los fundamentos de la democracia. Ello ocurrió con la institucionalización
de la fecha del 12 de octubre, «Día de la Hispanidad»,
como fiesta nacional en el Estado de las autonomías. |