Las guerras
civiles en España y los mártires carlistas
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di Jordi Canal (EHESS, París)
A partir de 1896, el día 10 de marzo
pasaría a convertirse en una fecha señalada del calendario
carlista: la festividad de los Mártires de la Tradición.
En una misiva, escrita el 5 de noviembre de 1895, el pretendiente
Carlos comunicaba a su jefe delegado, el marqués de Cerralbo,
la instauración de una fiesta para honrar de manera adecuada
la memoria y para corresponder al legado de la historia carlista,
repleta de heroísmo y de martirio. Según esta carta,
que la prensa del partido difundió con presteza, se trataba
de una "fiesta nacional" -el lenguaje era el propio de
una colectividad que seguía imaginándose como contrasociedad-
dedicada a "los mártires que desde principio del siglo
XIX han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey,
en los campos de batalla y en el destierro, en los calabozos y en
los hospitales". El día escogido para la celebración
era el 10 de marzo, aniversario de la muerte del primer "rey"
carlista, Carlos V -ocurrida en 1855, en Trieste-, que personificaba
"la lucha gigantesca sostenida contra la revolución
por la verdadera España durante nuestro siglo." Marzo
recordaba asimismo, aunque éste resultara un argumento añadido,
el momento culminante de la campaña de Somorrostro, en la
Segunda guerra carlista, que se había cobrado un gran número
de víctimas. La conmemoración debía contribuir
a la reproducción y al fortalecimiento, en el presente y
con el aval del pasado, del "nosotros" carlista, no encontrándose
desprovista, al mismo tiempo, de carga propagandística. De
ahí que don Carlos recomendara honrar la memoria de estos
"mártires", "de todas las maneras imaginables
para que sirvan de estímulo y ejemplo de los jóvenes
y mantengan vivo en ellos el fuego sagrado del amor a Dios, a la
Patria y al Rey." Las juntas recibían el encargo de
organizar funerales por los muertos y encarecer a los correligionarios
a rezar ante sus tumbas; los círculos, el de fomentar los
estudios históricos sobre los combatientes; la prensa, finalmente,
tenía que "ensalzar y divulgar sus hechos más
gloriosos y propagar sus retratos".
Los preparativos para la celebración del
primer 10 de Marzo empezaron inmediatamente. Los periódicos
carlistas publicaron durante el último mes de 1895 y en enero
y febrero de 1896 numerosos artículos sobre la significación
de la festividad y, además, dieron detallada cuenta de los
proyectos y los actos previstos, así como de las tareas de
organización que se estaban poniendo por obra en todas las
regiones españolas. Dos de las iniciativas de aquellos días
merecen un comentario. En primer lugar, la creación de unos
premios, ofrecidos y costeados por la familia real carlista. Una
ojeada a los lemas de las composiciones presentadas al concurso
del mejor himno heroico nos ilustra sobre un universo, el carlista,
profundamente católico ("Todo carlista es católico",
"Que triunfe la Religión"), militante ("Dios,
Patria y Rey"), guerrero ("¡Adelante! Esta es mi
divisa", "¡Triste necesidad dar a la tierra/ Siempre
la paz por medio de la guerra!") y poblado de sangre y martirio
("Gloria a los mártires que supieron morir por Dios,
su Rey y su Patria", "La sangre vertida por nuestros mártires
no dejará de dar su fruto un día"). En segundo
lugar, los planes para encargar monumentos dedicados a algunos de
los "mártires" de la causa. Entre los proyectos
modestos destaca la elaboración, a instancias de los carlistas
de Barcelona, de un busto del general carlista Juan Castell, que
debía ser descubierto en el transcurso de una velada necrológica,
prevista para el día 10 de marzo. Sobresalía, entre
los ostentosos, el panteón que se quería levantar
en Navarra en honor de Nicolás Ollo y otros combatientes.
El pretendiente costeaba este último monumento, igualmente
como hacía con otro dedicado al que había sido su
ayudante y secretario, Isidoro de Iparraguirre. Don Carlos consideraba
estos gastos -monumentos, premios y ornamentos para algunos santuarios-,
como Melgar contaba a Cerralbo, un sacrificio necesario en "este
periodo de propaganda y de expectación".
La festividad de los Mártires de la Tradición
de 1896 se solemnizó, con escasísimas variaciones
-la inclusión en las preces de los primeros muertos en la
guerra de Cuba resulta, sin duda, la más destacable-, tal
como estaba previsto. La prensa carlista editó números
extraordinarios. Lo hicieron, entre otros, El Correo Español
y El Nuevo Cruzado, El Alavés y El Basco, El Centro y Chapel-Zuri.
La Biblioteca Popular Carlista preparó para la ocasión
un volumen de 162 páginas, repleto de notas necrológicas
y grabados, poemas y escritos de los principales dirigentes del
partido. La conmemoración del primer 10 de Marzo se completó
con concursos literarios, la expedición de telegramas a Venecia,
veladas en los círculos tradicionalistas, misas, rosarios
y funerales. El programa de actos presentaba escasas disimilitudes
de una a otra población. En Vitoria tuvo lugar un funeral
en la parroquia de San Pedro, por la mañana, y por la noche
se rezó el rosario en el Círculo tradicionalista.
En Barbastro se celebraron funerales en la iglesia de los Padres
Escolapios en sufragio de los héroes carlistas y de los combatientes
muertos en Cuba, y una velada en el Círculo tradicionalista,
con rezo del rosario, discursos y lectura de textos y poesías.
Desde entonces hasta hoy, los carlistas han solemnizado,
año tras año, el 10 de marzo. Las modalidades de la
conmemoración, presidida por el recuerdo y el recogimiento,
han cambiado muy poco: misas, oraciones, funerales, veladas, concursos,
estudios históricos y artículos en la prensa. Entre
1896 y 1936, solamente tres elementos alteraron ligeramente el ritmo
y la estructura de las celebraciones. Fue el primero de ellos la
coyuntura finisecular, marcada por la guerra de Cuba y la pérdida
de las colonias, así como por la agitación y las conspiraciones
carlistas. Estas circunstancias conllevaron la suspensión
de algunas veladas por parte de los gobiernos civiles, e incluso
el cierre de unos pocos círculos. Los propios carlistas,
a fin de no favorecer respuestas de este tipo, moderaron algunas
de sus expresiones en aquel día. La celebración de
la festividad adquirió en los últimos años
de la centuria mayor solemnidad, incorporando al elenco de víctimas
del liberalismo a los fallecidos en las guerras coloniales. Mientras
que los gobernantes buscaban "héroes" desesperadamente,
los carlistas seguían recolectando "mártires".
El segundo de los elementos que debe de tenerse en cuenta es el
progresivo arrinconamiento de la vertiente más localista
de la fiesta, aquélla en la que se impulsaba el estudio y
la glorificación de los antiguos combatientes de cada pueblo
o ciudad. Por último, en los años de la Segunda República,
el lenguaje se radicalizó y los "mártires"
del pasado se convirtieron, más que nunca, en ejemplo para
los combatientes de un futuro no demasiado lejano. En el texto dedicado
al 10 de Marzo de un catecismo tradicionalista, publicado a mediados
de los años treinta para uso de las juventudes de la Comunión,
podía así leerse: "Como los antiguos guerreros
velaban sus armas antes de ceñirlas para el combate, nosotros
debemos velar las nuestras antes de cerrar contra los enemigos de
Dios, la Patria y el Rey."
La Guerra Civil y su desenlace comportaron algunas
disputas acerca de la festividad del 10 de marzo. De la misma manera
que las estructuras políticas carlistas quedaron integradas
en 1937, por decreto, en FET y de las JONS, el régimen franquista
intentó apropiarse también de la fiesta de los Mártires
de la Tradición, combinando componentes tradicionalistas
y falangistas y convirtiendo a todos los luchadores del bando vencedor
de la guerra de 1936-1939 en herederos de los combatientes carlistas
del siglo XIX. La fiesta pasó a ser una más entre
las fiestas nacionales españolas. De este hecho se derivaría
una duplicación conmemorativa: una fiesta impulsada por Falange
Española Tradicionalista, en la que participaban los carlistas
que habían aceptado la unificación, y una fiesta carlista,
con misa y rezo del rosario, que agrupaba a los seguidores de don
Javier y de Fal Conde, conscientes de haber pasado a ser unos vencidos
entre los vencedores de 1939. Tras algunos intentos propiciados
por el régimen, en la primera mitad de los años cuarenta,
de organizar en algunas poblaciones actos públicos y grandiosos,
de corte claramente fascista, para celebrar la fiesta del 10 de
marzo, que terminaron con sonados fracasos, la conmemoración
volvió, a partir de 1946, a la intimidad exclusivamente carlista
en iglesias y círculos, con una pequeña proyección
externa propiciada por las ondas de la radio. La festividad de los
Mártires de la Tradición se celebraría durante
toda la etapa franquista, incorporando en la nómina de los
"mártires" a los numerosos muertos de la Segunda
República y la Guerra Civil. Las crisis vividas en el seno
del carlismo a lo largo de la década de 1970, que lo abocarían
de manera definitiva a la marginalidad, afectaron lógicamente
a esta conmemoración. Incluso el carloshuguismo, dominante
en aquellos años, rebautizó la festividad con el nombre
de día de la Lucha Carlista. En los años noventa,
por contra, la fiesta ha experimentado un cierto resurgimiento -limitado,
como lo es el carlismo en la actualidad-, tanto en su versión
socialista como, sobre todo, en la tradicionalista. Los primeros
han vuelto a celebrar, el 10 de marzo, el día de la Lucha
Carlista; los segundos, tras la refundación en 1986 de la
Comunión Tradicionalista Carlista, han retomado la conmemoración
de la festividad de los Mártires de la Tradición,
en honor de aquellos que "a lo largo de dos siglos de lucha
contra la Revolución, entregaron su vida por Dios, por España
y por la Tradición, especialmente por los caídos durante
la última Cruzada de 1936-39."
A lo largo del siglo XX, además del día
10 de marzo, fueron motivo de celebración entre los carlistas
el 6 de enero, fiesta tradicional de los Reyes de España,
y todas las onomásticas y cumpleaños de los miembros
de la familia del pretendiente. Las fechas irían variando
en función de los nacimientos, matrimonios y defunciones
acaecidos en las filas de la dinastía. La familia carlista
estricta era proyectada sobre una familia extensa, formada por todos
los correligionarios, en unas imágenes que resultan claves
para entender esta cultura política. Otras fechas, como el
2 de mayo, eran recordadas, pero con menor intensidad. Almanaques
y revistas se ocupaban cada año de traer a la memoria este
calendario, propio y específico -la conquista simbólica
del tiempo era básica para una colectividad que se empecinaba
en definirse y pensarse como alternativa total-, que regía
el ritmo festero de la microsociedad carlista.
El carlismo se ha pensado en muchas ocasiones
a sí mismo como familia. Esta imagen, usada de forma esporádica
en el Sexenio democrático, se sistematizó y generalizó
a fines del siglo XIX. Manuel Polo y Peyrolón afirmaba, en
un texto publicado en 1897, que todos los carlistas formaban "una
sola y gran familia, y estamos íntimamente unidos por los
vínculos indisolubles de la abundante sangre derramada en
tres guerras civiles y varias conspiraciones (sangre de mártires,
semilla de carlistas), por el cariño más acendrado,
por los derechos y deberes recíprocos, por los mismas creencias,
las mismas esperanzas y el mismo amor." La gran familia carlista
se componía, como todas las familias tradicionales, de padre,
madre e hijos, roles que encarnaban el pretendiente -Alfonso Carlos
I constituyó una excepción como consecuencia de su
edad, no apareciendo a los ojos de sus seguidores como el "Rey-Padre"
sino como el "Abuelo"-, su esposa y todos los carlistas,
empezando por los dirigentes, caracterizados como hijos mayores.
En todo caso, la imagen de la familia permitía la presentación
del carlismo como un todo armónico, al mismo tiempo que lo
distinguía del resto de partidos. Eran muchos los correligionarios
que veían con recelo la denominación "partido"
aplicada a su formación ya que la identificaban con los partidos
liberales que habían conducido a España, en su modo
de ver, a la ruina. Con "familia", por el contrario, se
creaba una pantalla filtradora de estas reticencias, igual que lo
había hecho y lo volvería a hacer en la década
de 1930 la fórmula "comunión". El carlismo
se reproduciría asimismo, siguiendo estos planteamientos,
como una familia -la de Irigaray, recreada por Antonio Pérez
de Olaguer en plena Guerra civil, que dio "a la causa, hacienda
y vida. Tres mozos con Zumalacárregui. Cuatro el año
72; y tres ahora", era modélica-, fundiendo lo cultural
con lo biológico.
"Sangre de mártires, semilla
de carlistas", sentenció Polo y Peyrolón. Un
decenio más tarde, en 1907, exclamaba: "¡Bienaventurados
los mártires!". El carlismo desplegaba una elaborada
retórica, de fondo victimista, sobre el sacrificio, la sangre,
la muerte y el martirio (en el fondo, no muy distinta, ni en los
usos ni en las formas, de la del nacionalismo vasco radical en el
último cuarto del siglo XX). Francisco Martín Melgar
no albergaba ninguna duda sobre la trascendencia de estos elementos
en la vitalidad y en la reproducción del movimiento: "A
pesar de que nuestros luminares son la fe religiosa, el entusiasmo
monárquico y el amor a nuestra dinastía, y singularmente
al que hoy lleva Su representación augusta, todo eso hubiese
ido poco a poco desmoronándose bajo la terrible piqueta del
tiempo, sino hubiera venido a dar trabazón a nuestros elementos
un cimiento de sangre. El amor a la Religión y a la Monarquía
legítima, acaso se hubiese conservado lo mismo, pero seguramente
en forma mucho más platónica y pasiva. Lo que le ha
dado hervor y actividad es la muerte en el campo de batalla del
padre de éste, el fusilamiento de la madre del otro, los
balazos que enseña con orgullo el abuelo del de más
allá, los relatos marciales escuchados en las noches de invierno
por niños que se comían al narrador con los ojos,
y cuyos corazoncitos rompían el pecho con la esperanza de
que algún día serían grandes y harían
hazañas como aquellas." La sangre carlista producía,
por consiguiente, carlistas. No solamente en el sentido del "cimiento
de sangre" -los textos de López Sanz y de Pérez
de Olaguer en la décadas de 1930 y en la posguerra se llenaron,
en esta perspectiva, de escenas de madres orgullosas por la muerte
de sus vástagos bajo el lema carlista o bien dando las gracias
a Dios por haberles proporcionado en la persona de sus hijos un
mártir-, sino también de la "herencia de sangre".
Lo creía el requeté aragonés José Mª
Resa cuando afirmaba que "por mis venas corría la sangre
carlista de mi abuelo", y también Francisco López
Sanz, que, en su novela ¡Llevaban su sangre!, ponía
en boca de la madre del joven requeté Carlos, cuando le despedía
en julio de 1936, las siguientes palabras, en referencia al viejo
carlista Carlos de Artieda: "A ver si demuestras que llevas
la sangre del abuelo..." Los discursos contribuían decisivamente,
por activa y por pasiva, al modelado de una realidad.
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